¿Quién eres cuando dejas de ser CEO?
Todas las carreras profesionales tienen fecha de caducidad. El cómo y el cuándo no es la cuestión, sino lo que queda cuando desaparece el cargo.
Hace unos meses, mientras veía a Pep Guardiola durante una rueda de prensa, reconocí algo que probablemente nos ha pasado a muchos. No estaba viendo al gran entrenador de fama internacional sino a una persona cansada.
Durante años hemos admirado su capacidad de liderazgo, su obsesión por el detalle, su inteligencia táctica y su exigencia permanente. Pero detrás de todos los títulos y reconocimientos hay una realidad mucho más humana, como es que nadie puede sostener indefinidamente una identidad construida alrededor de un único rol.
Tendemos a pensar que el problema de los grandes líderes es el poder, y que lo difícil es renunciar a la influencia, al estatus o al reconocimiento. Sin embargo, después de años acompañando a directivos en procesos de transición, he llegado a la conclusión de que lo que más cuesta dejar no es el poder, sino la identidad creada.
Nadie llega a dirigir una gran compañía de forma espontánea, igual que nadie se convierte en deportista de élite sin dedicar una enorme cantidad de tiempo, energía, sacrificio y atención a un único objetivo. Por eso, aquello que inicialmente era una profesión acaba convirtiéndose en una definición personal. Pasas de ser una persona que dirige una empresa a ser el CEO. El rol empieza a ocupar cada vez más espacio hasta que, casi sin darnos cuenta, termina confundido con nuestra propia identidad.
Por eso muchas personas brillantes tienen enormes dificultades para cerrar etapas. No porque no sepan que ha llegado el momento o porque les falten alternativas. Tampoco suele ser una cuestión económica. Tiene más que ver con lo difícil que resulta responder a una pregunta mucho más profunda:
¿Quién soy cuando dejo de ser aquello que me ha definido durante los últimos veinte años?
Ahí aparece el vértigo. Y yo lo explico como un vértigo hacia dentro, que rara vez se verbaliza y que suele estar formado por una mezcla de emociones difíciles de expresar: la incertidumbre, la pérdida de relevancia, la desaparición del reconocimiento, la sensación de vacío y, sobre todo, el miedo a descubrir que hemos dejado demasiadas partes de nosotros mismos en pausa.
Esta es una de las temáticas que más trabajo en las sesiones de coaching. Para abordarla suelo utilizar una herramienta que facilita enormemente el camino: el mapa de identidad. Consiste en dibujar todas las dimensiones que forman parte de una persona. La profesional, por supuesto, pero también la familiar, la relacional, la creativa, la intelectual, la espiritual, la social, los hobbies, las pasiones, los sueños pendientes o aquellos proyectos que nunca encontraron espacio en la agenda.
Cuando terminamos el ejercicio ocurre algo muy interesante y es que la mayoría de las personas descubren que la parte profesional, aunque importante, es solo una parte de quienes son. El problema es que muchas veces llevan años comportándose como si fuera la única. Y entonces aparece una pregunta incómoda:
Si mañana desapareciera tu cargo, ¿qué quedaría?
Porque todas las carreras profesionales tienen fecha de caducidad. La cuestión no es si ocurrirá, sino cómo llegaremos a ese momento.
Con el mapa de identidad intento que mis clientes, ya sean CEOs, presidentes o altos directivos, mantengan vivo un ecosistema mucho más amplio. Que sigan aprendiendo, cultiven amistades, desarrollen intereses nuevos, conserven espacios propios y exploren otras formas de contribuir. Y no porque estén pensando en retirarse, sino porque entienden que una vida rica necesita más de una fuente de significado.
Cuando eso ocurre, las transiciones siguen siendo difíciles, no lo niego, pero dejan de ser devastadoras. La persona sabe que hay vida más allá del cargo. Porque el problema no aparece cuando ocupamos un cargo, sino cuando el cargo empieza a ocuparnos a nosotros.
La mayoría de nosotros hemos sido educados para conseguir resultados, alcanzar objetivos, obtener reconocimiento o ganar influencia. Pero rara vez nos enseñan a dejar ir. Y me he dado cuenta de que una parte importante de la madurez consiste precisamente en eso, en aprender a soltar etapas, expectativas y versiones antiguas de nosotros mismos. No para perderlas ni olvidarlas, sino para dejar espacio a las nuevas.
En esas está ahora Pep Guardiola. Después de una trayectoria extraordinaria y de una década al frente del Manchester City, ha llegado también para él el momento de cerrar una etapa. Como les ocurre a tantos líderes, el desafío ya no consiste en demostrar lo que es capaz de hacer, sino en descubrir quién quiere ser después.
Porque los ciclos terminan para todos. La cuestión no es cuándo llegará ese momento. La cuestión es si, cuando llegue, seguirá quedando alguien detrás del cargo.
Algunas preguntas para reflexionar
- ¿Quién eres más allá de tu cargo?
- ¿Qué partes de tu identidad llevan demasiado tiempo en pausa?
- ¿Qué actividades te siguen generando ilusión fuera del trabajo?
- Si mañana desapareciera tu posición actual, ¿qué permanecería intacto?
- ¿Estás construyendo una carrera o una identidad demasiado estrecha?
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