¿Por qué me da pereza volver?

He descansado, desconectado, pasado tiempo con mi familia y amigos, he viajado, he hecho deporte o, sencillamente, he conseguido bajar el ritmo durante unas semanas.

Y, sin embargo, a medida que se acerca la vuelta al comité, al consejo, a las decisiones pendientes y a la agenda habitual, aparece una sensación incómoda.

Me cuesta reconocerlo, pero es posible que sea pereza.

No es que no me guste mi trabajo porque siempre me ha gustado. Me encanta dirigir, tomar decisiones, crear cosas, construir equipos, hacer crecer un negocio. Tampoco parece una cuestión de cansancio porque vengo de descansar.

Entonces, ¿por qué me da pereza volver?

Esto es lo que me pasaba año tras año cuando era CEO. La pregunta puede parecer menor, pero yo creo que merece más atención de la que solemos darle. Porque esa pereza puede estar señalando algo que, durante el año, atrapados en la actividad cotidiana, resulta mucho más difícil percibir.

 

Cuando aceptamos demasiado

Cuando llevas tiempo al frente de una organización, inevitablemente acumulas experiencias. Algunas buenas y otras no tanto. Has intentado cambiar cosas que no han funcionado, has tenido conversaciones difíciles y has encontrado resistencias en el consejo, los accionistas, el equipo o la propia organización.

Y, poco a poco, puedes empezar a construir algunas certezas:

La empresa es así.

Este negocio funciona así.

Mi jefe no va a cambiar.

El consejo nunca aceptará esto.

Ya lo intenté.

Es el precio que tengo que pagar por ser CEO.

Algunas de esas afirmaciones serán ciertas y liderar también consiste en entender los límites y aceptar que no todo depende de nosotros.

El problema aparece cuando dejamos de distinguir entre lo que realmente no podemos cambiar y lo que hemos decidido que no podemos cambiar.

Porque no siempre bajamos los brazos después de haber agotado todas las posibilidades. A veces lo hacemos porque volver a intentarlo implica exponernos. Tener una conversación que hemos evitado. Defender una posición incómoda. Reconocer que algo no está funcionando. Asumir más responsabilidad.

O incluso correr el riesgo de que nos digan que sí y tener que liderar el cambio que estamos proponiendo.

Porque, a veces, no tememos tanto volver a fracasar como descubrir que esta vez podría funcionar. Y entonces ya no podremos seguir atribuyendo el problema únicamente al sistema, a la organización o a los demás.

Sin darnos cuenta, podemos acabar convirtiendo una experiencia pasada en una limitación permanente.

 

El desgaste de defender aquello que cambiarías

Creo que hay algo especialmente desgastante para un líder y es tener que defender aquello en lo que ya no cree.

Un CEO representa a la organización. Explica sus decisiones, sostiene determinadas prioridades y transmite confianza a su equipo. Pero ¿qué ocurre cuando algunas de las cosas que debe defender son precisamente las que le están quitando energía?

Ahí aparece una contradicción difícil de sostener. Quieres cambiar determinadas dinámicas, pero has asumido que no pueden cambiar. No estás de acuerdo con algunas maneras de hacer, pero las continúas legitimando. Te gustaría que la organización evolucionara en una dirección distinta, pero has dejado de abrir caminos para conseguirlo.

Y acabas convirtiéndote, de alguna manera, en guardián de aquello que tú mismo querrías cambiar.

Eso no solo te desgasta a ti. También afecta a tu liderazgo.

Porque los equipos perciben cuándo un líder cree realmente en aquello que está defendiendo y cuándo simplemente lo está administrando. La pérdida de energía, de iniciativa o de ilusión termina trasladándose a la organización.

Quizá por eso la pereza de volver merece ser escuchada.

No intentes quitártela demasiado rápido

Ante una sensación incómoda, nuestra primera reacción suele ser intentar eliminarla. Recuperar rutinas. Ordenar la agenda. Hacer deporte. Dormir mejor. Volver a coger ritmo. Todo eso puede ayudar. Pero, antes de hacerlo, quizá conviene detenerse en la pregunta:

 

¿Qué es exactamente lo que me da pereza encontrarme cuando vuelva?

Y profundizar un poco más:

  • ¿Qué cosas estoy aceptando como inevitables?
  • ¿Cuáles he intentado realmente cambiar?
  • ¿Qué hice y por qué no funcionó?
  • ¿Qué otras opciones existen?
  • ¿Qué parte depende del entorno y qué parte depende de mí?
  • ¿Qué conversación estoy evitando?
  • ¿Qué riesgo no estoy queriendo asumir?

Son preguntas incómodas. Pero también son preguntas de liderazgo porque recuperar energía no siempre consiste en descansar más.

A veces consiste en recuperar capacidad de acción sobre aquello que habíamos dado por perdido.

 

La soledad también juega un papel

Para un CEO, además, hacer este ejercicio tiene la dificultad añadida de que está solo en el organigrama.

Un miembro del comité de dirección puede contrastar determinadas inquietudes con otros colegas. El CEO no siempre puede compartir sus dudas con el equipo y tampoco puede trasladar cualquier vulnerabilidad al consejo o a los accionistas.

Por eso es fácil que algunas creencias se consoliden sin haber sido suficientemente cuestionadas.

Aquí es donde un acompañamiento externo puede resultar especialmente útil. No porque alguien tenga que decirte qué hacer, sino porque necesitas un espacio en el que poder pensar sin las restricciones asociadas a tu posición.

Un buen proceso de coaching ejecutivo puede ayudarte a separar hechos de interpretaciones, identificar las barreras reales y las que tú mismo has construido, explorar alternativas y convertir las decisiones en acciones.

No se trata de cuestionarlo todo, más bien de volver a elegir conscientemente qué aceptas y qué todavía estás dispuesto a intentar cambiar.

 

Mira tu agenda de septiembre

Hay un ejercicio muy sencillo que puede ayudar. Mira la agenda que estás construyendo para septiembre y octubre.

Ahora compárala con la de abril, mayo o junio.

Si contiene las mismas reuniones, las mismas dinámicas, los mismos problemas pendientes y las mismas conversaciones aplazadas, quizá haya una pregunta que hacerse:

¿Qué estás haciendo diferente para que este año sea diferente?

Las vacaciones pueden devolverte energía, pero difícilmente resolverán aquello que te estaba desgastando antes de irte.

Por eso, si estos días sientes cierta pereza ante la vuelta, no tengas tanta prisa por quitártela.

Quizá esté intentando decirte algo.

Tal vez no necesites más energía para volver a hacer lo mismo. Tal vez necesites recuperar la capacidad de cambiar aquello que has aprendido a aceptar.