Llevas años aprendiendo. ¿Cuánto hace que no cambias?

Las vacaciones suelen ser el momento elegido para descansar, viajar, leer o compartir más tiempo con la familia y los amigos. Todo eso es necesario. Pero quizá también sean una oportunidad para algo mucho menos habitual: detenerse a pensar. No en el próximo plan estratégico ni en los objetivos de septiembre. Pensar en uno mismo.

Porque todos hacemos, al mismo tiempo, dos viajes.

Uno es el viaje horizontal. Aprendemos, acumulamos experiencia, adquirimos nuevas competencias y ampliamos nuestros conocimientos. Es el recorrido natural de cualquier trayectoria profesional.

El otro es el viaje vertical. Es mucho menos visible y bastante más exigente, aunque no lo parezca. No consiste en saber más, sino en comprendernos mejor. Es el viaje hacia nuestra manera de pensar, de interpretar el mundo, de relacionarnos con los demás y de ejercer el liderazgo. Como decía recientemente un colega con el que compartía esta reflexión, “el viaje horizontal nos lleva hacia fuera, el vertical nos lleva hacia nosotros mismos y al significado de lo que hacemos”. Quizá sea un camino más lento, pero también es el más transformador.

Y quizá por eso el verano sea el mejor momento para iniciarlo porque durante el resto del año solemos preguntarnos qué necesitamos aprender. En vacaciones, si nos damos ese espacio, puede aparecer una pregunta mucho más interesante:

¿En qué persona necesito convertirme para liderar mejor?

Lo normal en un directivo es que, después de veinte años de carrera, sepa muchísimo más que cuando empezó. Es muy probable que haya aprendido idiomas, estrategia, finanzas, negociación o inteligencia artificial. También que haya dirigido equipos cada vez más grandes, gestionado crisis, cerrado operaciones complejas y tomado decisiones que afectan a cientos o miles de personas.

Sin embargo, cuando recibe una crítica, es posible que siga reaccionando igual que hace quince años. Cuando siente que pierde el control, que vuelva a los mismos patrones. Que cuando alguien cuestiona una decisión, se ponga a la defensiva, o cuando la agenda se desborda, que acelere todavía más.

Entonces puede aparecer una pregunta incómoda:

¿Hemos crecido de verdad o simplemente hemos acumulado conocimientos?

Durante décadas hemos asociado el desarrollo profesional a aprender más. Más formación, más herramientas, más metodologías, más experiencia. Todo ello es valioso, por supuesto, pero existe una diferencia que rara vez aparece en los programas tradicionales de liderazgo: no es lo mismo adquirir competencias que transformar la manera en que pensamos, interpretamos la realidad y nos relacionamos con ella.

A esta diferencia se la conoce como desarrollo horizontal y desarrollo vertical.

El desarrollo horizontal consiste en incorporar conocimientos y habilidades. Aprender un idioma, dominar una nueva tecnología, mejorar una técnica de negociación o comprender el funcionamiento de la inteligencia artificial. Todo ello amplía nuestras capacidades.

El desarrollo vertical va mucho más allá. No añade conocimientos, sino que transforma a la persona que los utiliza. Cambia el mindset. Amplía el nivel de consciencia desde el que observamos la realidad, interpretamos los conflictos, ejercemos el liderazgo y tomamos decisiones.

Uno de los pioneros en desarrollar este enfoque fue William R. Torbert, profesor de Boston College y uno de los grandes referentes internacionales en el estudio del liderazgo y el desarrollo de la consciencia. Tras décadas investigando por qué algunos líderes evolucionaban profundamente mientras otros, pese a acumular experiencia, seguían repitiendo los mismos patrones, formuló una idea tan sencilla como reveladora:

El verdadero desarrollo no consiste únicamente en saber más, sino en convertirse en una persona capaz de ver más.

Su trabajo ha inspirado metodologías como el Global Leadership Profile y constituye uno de los pilares sobre los que desde Addventure acompañamos hoy a CEOs y equipos directivos. No se trata únicamente de desarrollar competencias, sino de ayudar a transformar la lógica desde la que una persona interpreta el mundo y lidera a los demás.

Porque un CEO puede hacer diez programas de gestión directiva y seguir reaccionando exactamente igual. Puede aprender inteligencia artificial, nuevas metodologías ágiles o las últimas herramientas de productividad y, aun así, seguir evitando las conversaciones difíciles. Seguir necesitando tener razón, seguir sintiendo que mostrar vulnerabilidad es un signo de debilidad o seguir interpretando cualquier discrepancia como una amenaza personal.

Eso no se resuelve con más conocimientos. Se resuelve desarrollando un nivel diferente de consciencia. Quizá por eso una de las preguntas más interesantes no es: ¿qué necesito aprender ahora?, sino ¿qué parte de mí necesita cambiar para liderar mejor?

En ese camino aparecen cuestiones mucho más profundas que cualquier curso de gestión. Por ejemplo, la relación que mantenemos con el tiempo. Muchos directivos dicen que no tienen tiempo. Pero quizá la pregunta no sea cómo organizar mejor la agenda, sino por qué sentimos la necesidad permanente de correr y de demostrar que “somos importantes porque estamos muy ocupados”.

O la relación con el poder. ¿Qué significa realmente el poder para mí? ¿Cómo influye la situación, el entorno o la persona en cómo ejerzo mi poder? ¿Qué parte de mi identidad como líder la he construido sobre el poder?

Ninguna de estas preguntas tiene una respuesta inmediata. Precisamente por eso generan transformación.

Gracias a Pablo Tovar y a Verónica Menduiña, en Addventure hemos tenido la enorme suerte de tener a Bill Torbert como mentor. Siempre decía que el desarrollo vertical difícilmente puede hacerse en solitario. Ahora, con la perspectiva y la experiencia que he vivido en estos años desde que me uní a Addventure, la advertencia de Bill adquiere todo el sentido. Necesitamos perspectivas distintas, conversaciones que nos desafíen y personas capaces de mostrarnos aquello que nosotros ya no vemos. Cuanto más éxito acumulamos y más tiempo llevamos liderando, mayor es el riesgo de quedar atrapados en nuestros propios patrones.

Quizá este verano no necesitemos aprender algo nuevo sino empezar a transformarnos en alguien nuevo.

Como muy bien dijo el escritor francés Marcel Proust, “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos caminos sino en tener nuevos ojos”.

Algunas preguntas para este verano

  • ¿Qué has aprendido durante el último año y qué ha cambiado realmente en ti?
  • ¿Qué patrón de comportamiento sigues repitiendo desde hace años?
  • ¿Qué conversación llevas demasiado tiempo evitando?
  • ¿Cómo es hoy tu relación con el tiempo? ¿Y con el poder?
  • ¿Quién tiene la suficiente confianza contigo como para decirte aquello que no quieres escuchar?
  • ¿Estás invirtiendo más energía en adquirir conocimientos o en convertirte en el líder que tu organización necesita?