Feliz Navidad y algún conflicto positivo como regalo

En esta época del año en la que todos deseamos paz, armonía y buenos propósitos, hablar de conflicto puede sonar, cuanto menos, provocador. Y, sin embargo, ¿no será precisamente el conflicto (bien gestionado) una de las fuentes más poderosas de evolución en los equipos y en los liderazgos?

Vaya por delante que siempre he sido un experto evitador de conflictos. Soy un bien queda de manual. Tanto, que me olvidé de lo que yo quería para mí. Si algo he aprendido en esta nueva etapa de mi vida es, desde la autoconsciencia y la intención de desarrollar mi liderazgo, a afrontar el conflicto desde un lugar completamente diferente al que estaba acostumbrado.

El problema no es el conflicto en sí. El problema es cómo lo interpretamos y cómo lo gestionamos. Confundimos discrepancia con confrontación destructiva, diferencia de criterio con ataque personal, y debate con amenaza. Así, lo que podría ser una oportunidad para crecer, se convierte en una incomodidad a evitar o camuflar. Y cuando eso ocurre, el aprendizaje se esfuma.

Los conflictos no gestionados no desaparecen. Se enquistan, se silencian y se transforman en malestar, desconfianza o pasividad. Desde allí, no se construye nada. Pero cuando logramos resignificarlos como espacios fértiles para la madurez, la innovación y la autenticidad, todo cambia.

Porque el conflicto, bien leído, nos pide lo mejor de nosotros: escucha genuina, valentía emocional, comunicación clara y capacidad de sostener tensiones sin perder el foco colectivo. Nos obliga a revisar los procesos, a cuestionar viejos automatismos y, sobre todo, a mirarnos al espejo. Y eso, aunque incómodo, es profundamente transformador.

He acompañado a muchos equipos directivos que evitaban el conflicto como quien evita el fuego: temiendo que todo ardiera. Pero lo que ardía de verdad era la energía desaprovechada. Porque es el combustible perfecto para postergar las decisiones importantes y llenar los “tengo que” o “debería” de conversaciones pendientes. El conflicto mal gestionado es un consumidor insaciable de recursos.

Es aquí donde emerge el concepto de conflicto positivo: aquel que no se elude, sino que se transita con intención, madurez y apertura. No desde el ego o la razón única, sino desde el compromiso por encontrar caminos compartidos. No se trata de tener razón, sino de construir verdad colectiva.

👉 ¿Cuántas veces evitamos una conversación necesaria por miedo a incomodar?
👉 ¿Qué oportunidades he perdido por no atreverme a decir lo que de verdad pensaba?
👉 ¿Cuántos malentendidos se han enquistado en mi equipo por falta de un espacio seguro para el desacuerdo?

Comparto una pregunta que hoy cobra todo su sentido:
«¿Qué conversación importante llevo tiempo postergando?»
Esas conversaciones (las difíciles, las que remueven) son muchas veces el punto de partida de una nueva etapa.

Como líderes, como equipos, como organizaciones, no necesitamos evitar el conflicto. Necesitamos dotarnos de una cultura que lo integre y lo gestione con sentido. Con espacios de confianza, herramientas de comunicación asertiva y una visión compartida que vaya más allá del corto plazo o del individualismo.

Porque, al final, lo que más une a un equipo no es la ausencia de conflicto, sino su capacidad de enfrentarlo juntos. Con respeto, con apertura y con propósito.

💬 Acabo con esta reflexión:
¿Qué cambiaría en mi liderazgo si empezara a ver el conflicto como un regalo?