Mantenimiento constante y voluntario
¿Soy yo o este 2026, por fin, se habla más de mantenimiento? El trágico accidente de tren en Adamuz puso a la falta de mantenimiento, en este caso del carril o la soldadura, en los titulares de la prensa internacional y en la consciencia de muchos. Semanas después, leo en La Vanguardia al presidente del RACC, Josep Mateu, defendiendo el mantenimiento de vías como la AP7 a raíz de la petición de la Cambra de comerç del retorno de los peajes en Catalunya, precisamente, para mejorar el mantenimiento.
Soy consciente de que la palabra mantenimiento no es tan aspiracional como puede ser innovación o beneficios, y que sólo lo solemos hacer cuando es mandatory, como la revisión anual del coche o del dentista. Y sé, por experiencia, que suele ser más fácil construir una infraestructura que mantenerla. Y no porque su ejecución sea más sencilla. Sino por la diferente importancia que le damos a los dos procesos. Hasta que no se construye la infraestructura no se puede utilizar, así que no tiene sentido hacerla «a medias». No solo se acaba, sino que se inaugura y se reparten las medallas. En cambio, el mantenimiento es una actividad silenciosa, prudente, que no da titulares o, cuando los da, es por una tragedia.
Lo habitual es no prestarle la debida atención, cuando es igual de importante porque acaba determinando la vida útil de lo que un día se construyó, como es el caso de las autopistas.
Y si lo cuento es porque creo que hay otras cosas que se deterioran sin hacer ruido. El liderazgo, por ejemplo. En la alta dirección de las empresas pasa algo parecido. Siempre estamos enfocados en el hacer. Presentamos presupuestos y planes, lanzamos un nuevo producto, compramos una empresa, implantamos una reestructuración, tomamos decisiones que afectan a toda la organización. Inauguramos y cortamos cintas permanentemente. Acción tras acción, sumamos hitos y medallas invisibles que confirman que seguimos en forma. Pero, ¿y nuestro propio mantenimiento? ¿Cómo cuidamos la infraestructura que somos?
No es fácil, porque no es un todo o un nada, se puede hacer a medias. O, lo que es lo mismo, «ya lo haré la semana que viene», «tengo cosas más urgentes», «yo puedo con todo». Y, como en las infraestructuras, un mal mantenimiento produce un deterioro gradual, constante, imparable y a veces, incluso, irreversible. No te das cuenta hasta que pasa lo que pasa y algo cruje. Yo mismo lo he vivido.
A veces se rompe lo que no se cuida
A menudo se da la paradoja de que los mismos directivos que se desvelan por mantener en forma a su organización, se descuidan a sí mismos. Porque se confunde autocuidado con debilidad o parar, con dejar de producir.
No se trata solo de bienestar personal. El efecto de este abandono invisible se manifiesta en nuestro liderazgo con más impaciencia, menos escucha y menor presencia. Las personas detectan la incoherencia entre el discurso y la acción. La cultura se resiente cuando quienes la deberían encarnar están desbordados, en piloto automático o faltos de lucidez.
Por eso propongo mirar el liderazgo como una infraestructura viva. Y asumir que lo verdaderamente valioso no es cortar la cinta, sino sostener el espacio que permite a otros florecer. Esto no se logra con heroicidades, sino prestando atención a nuestro propio mantenimiento. Con espacios de pausa, de reflexión, de escucha interna y externa.
Porque podemos anticiparnos al deterioro, e incluso evitarlo, si revisamos nuestras prácticas y reconectamos con lo que importa. Y eso, aunque a priori nos parezca egoista, en realidad es todo lo contrario. Es un acto de responsabilidad hacia nosotros y hacia nuestro entorno profesional y personal.
¿Y tú, cómo te estás ocupando de tu propio mantenimiento como líder? ¿Tienes espacios sistemáticos para cuidar tu energía, revisar tus creencias y escuchar lo que otros perciben de ti? ¿Inviertes en ti?
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