La Segunda Oportunidad convierte el plano en esfera

La Segunda Oportunidad (III): La Gran Suposición del mundo corporativo y la Tercera Dimensión

La Segunda Oportunidad convierte el plano en esfera

La Gran Suposición del mundo corporativo es la idea de que para conseguir resultados es imprescindible aplicar un modelo determinado de gestión. Hablo del modelo patriarcal orientado a la producción, muy jerarquizado y masculinizado. El poder se ejerce según el cargo que ocupas en el escalafón de la organización, siempre con el foco puesto en conseguir resultados y alcanzar las metas establecidas. En sí mismo, dicho modelo es muy limitado y excluyente.

Entonces, ¿por qué este modelo ha tenido tanto éxito? ¿Qué ventajas aporta?

· El sistema patriarcal es reconocido, aún de manera inconsciente, por toda la sociedad. Lo hemos vivido desde que nacimos y está completamente integrado en nuestra manera de relacionarnos. Nos es familiar y no hay que hacer ningún máster para entenderlo.

· Es fácilmente replicable. Con dos reglas de oro es suficiente:

– Patriarcal: quien tiene la autoridad, la información y el conocimiento tiene el poder.

– Productivo: quien consigue los mejores procesos, equipos y metodologías para lograr los objetivos marcados tiene la llave del éxito.

· Involucra a toda la organización y permite a las personas progresar en el escalafón según los méritos contraídos, que se miden según los resultados obtenidos.

· Los niveles jerárquicos más altos tienen el control: marcan estrategias, toman las grandes decisiones, definen los objetivos y configuran la propia estructura organizativa.

· Produce resultados a corto plazo.

La siguiente pregunta es obvia. ¿Qué disfunciones y limitaciones genera este modelo?

· Las personas y los procesos son meros instrumentos para la consecución de los resultados. Con dos consecuencias inmediatas. En primer lugar, la frontera entre lo que es ético y lo que no lo es se difumina (abriendo la puerta a la corrupción o al uso indebido del poder); y en segundo lugar, produce un elevado desgaste en las personas (lo que provoca que los resultados no sean sostenibles a medio/largo plazo).

· Las personas de la organización no pueden aportar todo su potencial. Visten el “traje” convencional que las encorseta, el liderazgo hard predomina sobre el soft, balanceado hacia la parte más racional y poco creativa. El modelo es reactivo: “problema-y-solución”.

· Crea una dinámica muy marcada de liderazgo en el plano vertical, de dos dimensiones. Arriba y abajo (jefe y colaboradores), y delante y detrás (futuro: estrategia y riesgos; pasado: análisis de desviaciones). Ese plano limita mucho los movimientos y es caldo de cultivo para el trabajo en silos, como si de una cadena de montaje industrial se tratase. Hay muy poca conexión entre las diferentes áreas (expresiones como “cliente interno” son un buen ejemplo de ello). La persona tiende a aislarse para centrarse en esos dos ejes.

· Fomenta una cultura de “ascensores”. Todas las decisiones tienen que subir para después bajar. Eso genera estructuras poco ágiles y muy burocratizadas y actúa como freno para el desarrollo individual de las personas, porque resta motivación y desincentiva la toma de responsabilidades.

· Todo el sistema se basa en la creencia de que las personas son libres para decidir, cuando en realidad su libertad está absolutamente limitada por lo comentado en los puntos anteriores.

Cuando huele el peligro o se siente cuestionada, La Gran Suposición del mundo corporativo activa sus propios mecanismos de defensa y lanza mensajes como en cualquier campaña de comunicación: “necesitamos un liderazgo fuerte en estos tiempos de crisis”, “esto no se puede convertir en una asamblea permanente en la que nadie decide”, “aquí se viene llorado”, “cuando los resultados sean mejores invertiremos en las personas”, etc.

El planteamiento de la Gran Suposición del mundo corporativo descuida la tercera dimensión. La dimensión que convierte el plano en una esfera y que abre un abanico infinito de nuevas posibilidades para un liderazgo colectivo realmente efectivo que se traduzca en resultados: hacia mí y hacia los lados (yo, pares, clientes, proveedores, otros). Una nueva dimensión en la que poder desarrollar al máximo la autoconsciencia, el trabajo en equipo, la autenticidad, el liderazgo al servicio de los demás, las mejores prácticas, el feedback, … y prestando mucha atención al momento presente: ¿qué necesitamos hoy y ahora?, ¿qué es importante?, ¿qué podemos aprender y mejorar?. En definitiva la dimensión que hace que las organizaciones sean adaptables y flexibles en un entorno cada vez más cambiante y complejo.

La Segunda Oportunidad tiene que ver con aprovechar todo lo bueno que tiene el modelo más convencional. Y con tener la inteligencia, la capacidad y la decisión para dejar atrás aquello que ya no nos sirve y que limita mucho la obtención de resultados. La Segunda Oportunidad convierte el plano en esfera. Otorga mucha más libertad de movimientos para que el ser humano pueda desarrollar y expandir todo su potencial.

Se trata de usar el poder para iniciar un cambio consciente en cada persona, de modo que pueda participar en las decisiones y asumir sus responsabilidades. Y hacerlo de un modo auténtico, íntegro y generoso, considerando la diferencia y la diversidad (también en roles y salarios) como una ventaja, y, desde esa posición expandir ese cambio hacia los demás transformando de este modo la cultura de la organización.

Este no solo es el camino más directo para conseguir unos resultados extraordinarios y sostenibles. En el entorno VUCA actual, se antoja imprescindible para la supervivencia de cualquier empresa.

La empresa y la organización al servicio de las personas para conseguir así los mejores resultados. No la empresa al servicio de los resultados utilizando a las personas y a la propia organización.

La diferencia es abismal, tanto como descubrir una tercera dimensión. Como figura geométrica, el plano no tiene un centro claro y definido. La esfera sí, y es ahí donde se sitúa la persona, porque todo empieza por uno mismo.

La soledad del directivo

La Segunda Oportunidad (II): La soledad del directivo, el confinamiento y un cartel de “recién pintado”

La soledad del directivo. Cuántas veces lo he escuchado o leído. Cuántas veces yo mismo lo he sentido en mi propia piel. Cuando ejercía de directivo su presencia era cada vez más notoria a medida que iba subiendo en el escalafón de la organización. La soledad del directivo es un tipo de soledad que pesa, que te hace sufrir, que te hace la vida más compleja y difícil. De algún modo es inherente al mundo corporativo convencional.

La gran mayoría de las organizaciones actuales miden su éxito en base a cifras, a objetivos de crecimiento y a la innovación permanente que busca crear nuevas necesidades de consumo. En el plano individual, el éxito de los directivos viene dado en función del dinero que ganan y el reconocimiento público que obtienen.

Cuando llegas a un cargo de alta dirección en una empresa es habitual sentirte muy solo. Ser el ganador de esa alocada carrera por el “éxito” te lleva, más tarde o temprano, a cuestionarte por el significado real de esa palabra. Te preguntas si hay algo con más sentido más allá del propio interés personal. Cuando llegas a la cima, miras a tu alrededor y dices: ¿de verdad no hay nada más?

Llegado a este punto, ¿con quién compartir estas reflexiones y preguntas en un mundo en el que todos te ven como ganador? ¿Cómo dejar a un lado el ego tan bien alimentado por el “éxito” y reconocer que estás cansado, que ganar más dinero o tener más “poder” en la organización ya no te motiva, que lo de tener tu vida bajo “control” es simple apariencia?

Un círculo vicioso perfecto

La soledad del directivo nace de dos fuentes. Una es externa: el sistema en el que vive el directivo. Un sistema de organizaciones jerarquizadas que utilizan la información como herramienta de poder, donde las preguntas incómodas nunca se ponen encima de la mesa y en las que el éxito individual (dinero y reconocimiento social) está muy sobrevalorado. La otra fuente es interna. Son las limitaciones del directivo, sus miedos y su propio ego. Le bloquean y le impiden poner en juego todo su potencial. Juntas, la parte sistémica y la parte individual, forman un círculo vicioso perfecto. El sistema le dice al directivo “No te preocupes, si sigues como siempre, tendrás el dinero y el reconocimiento que necesitas para triunfar”.

El directivo se dice a sí mismo: “el sistema funciona así, yo no lo puedo cambiar, y además, soy bueno y me lo merezco”. La consecuencia es que, inevitablemente, el manto de soledad se extiende como cuando cae la noche.

El mundo corporativo necesita cambiar y darse una Segunda Oportunidad para acabar con la soledad del directivo. Y eso solo lo pueden hacer ellos mismos.

Responsabilidad, liderazgo, contribución

La Segunda Oportunidad tiene que ver con asumir la responsabilidad para liderar y contribuir a la transformación de la cultura de la organización. De ser modelo de lo que nos gustaría ver en ella. Con compartir con las personas de nuestro entorno esas preguntas que son incómodas. Dejar a un lado el ego y mostrarnos vulnerables ante ellos para crecer todos juntos y así llegar más lejos. Seguir trabajando en la obtención de resultados, pero hacerlo desde un lugar que tenga más sentido para toda la organización, que motive a las personas que la componen y las lleve a disfrutar de su trabajo. Permitir que cada uno pueda aportar su 100%, empezando siempre por uno mismo.

Cambiar las palabras éxito, poder y control por responsabilidad, liderazgo y contribución.

Un mes y medio de confinamiento me ha conectado con mi propia experiencia de la soledad del directivo. Por un lado, teniendo muy en cuenta que hay algo externo, del sistema, que me complica la vida y me conecta con esa soledad que pesa, que trae sufrimiento, que es la prohibición expresa de salir de casa por el dichoso virus y que me está impidiendo vivir en plenitud. Pero, por el otro, disfrutando del tiempo para mí, refugiado en mi cueva en la que tan a gustito estoy, como si volviera al estudio de mi adolescencia donde escribía poesía y escuchaba música de madrugada.

Mi Segunda Oportunidad, en este momento de reclusión, es centrarme en lo que está en mi mano y no dejarme arrastrar por lo que no lo está. En vivir esta experiencia de un modo responsable, sin perder mi liderazgo interior y estando siempre muy presente. Así puedo tener una perspectiva más clara de todo lo que me estoy perdiendo, pero también de todo lo que estoy ganando. Puedo dar el valor a la Vida que realmente le corresponde: a una conversación, a un gesto, a una mirada, a un viaje, al olor a ropa limpia, a un baño en el mar, a una reunión presencial, a un abrazo… a la Vida misma.

Es como si los colores hubieran perdido su brillo con el tiempo, de tanto usarlos. Ahora, de pronto, vuelven a ser luminosos y a mostrarse en su máximo esplendor. Como si todo lo que rodea al ser humano tuviese un cartel de “recién pintado”. Y todos esos colores están en mi mirada, si quiero. Solo hace falta que abra los ojos.

¿Qué puedes hacer tú con tu Segunda Oportunidad?

¿Qué hace un ingeniero de caminos, canales y puertos, en el mundo del coaching? (y IV)

Identidad.

“¿Cuáles son tus valores?” Durante la mayor parte de mi vida no habría sabido qué responder a esta pregunta. Y si además hubiera ido acompañada de un  “¿Y qué le da sentido a tu vida?, ¿cuál es tu propósito?” mi cara ya pasaría de la sorpresa a la mueca de sospecha y alerta… “¿qué querrá de mí este?”

En casa, en el colegio, en la universidad, me enseñaron un montón de cosas. Aprendí a hacerme el nudo de la corbata, a hacer integrales triples (¡de verdad, existen!), aprendí también las reglas de la buena educación y a distinguir entre lo que conviene decir y lo que no. Los expertos lo llaman “socialización”.

Pero nadie me enseñó a cómo mirarme hacia dentro. Nadie me ayudó a saber quién era yo realmente y qué es lo quería para mí. Una cosa es construir en base a lo que hay fuera de ti y otra muy diferente es hacerlo desde quien tu eres, desde tu Identidad. ¿Cómo puede ser que nos saltemos esta parte tan importante? Hablo de la esencia individual y única de cada ser humano. Es íntima y profunda y está conectada con algo que nos transciende. No tiene nada que ver con lo aprendido o con las ideas (si somos de derechas o de izquierdas, creyentes o no, del Barça o del Madrid).

El equilibrio entre el Ser y el Hacer es hoy un bien muy preciado, pero se ha convertido en una lucha desigual. La sociedad “desarrollada” invierte permanentemente en lo segundo, y a menudo da la impresión de que lo primero molesta. Parecen enfrentados cuando en realidad son complementarios y necesarios al mismo tiempo. Juntos y en armonía, forman una espiral creciente en posibilidades y creatividad que nos llena de satisfacción y nos acerca a la plenitud.

En mi caso, la honestidad, el amor a la libertad y la prudencia son mis tres valores fundamentales. Los reconozco, entre otras cosas, porque a lo largo de mi vida he tenido muchas ocasiones de ponerlos a prueba, tanto a nivel personal como profesional. Podría poner muchos ejemplos, y hasta escribir un libro entero, pero no creo que venga a cuento. Alinear mis comportamientos con ellos me llena de energía y satisfacción. Cuando voy en contra, me siento decepcionado, triste y débil.

Y ahora me pregunto, ¿qué es lo que verdaderamente da sentido a mi vida en este momento?

Salí del mundo corporativo de la alta dirección porque no supe medir bien todo lo que se me venía encima. No estaba preparado para gestionar el entorno VUCA en el que nos movemos hoy. Poco a poco, como si de un gran árbol solitario se tratara, a merced de las tempestades y de los fuertes vientos, mis raíces fueron arrancadas, una tras otra, y a la enésima embestida, el árbol cedió. No fui consciente, tampoco tenía las herramientas para hacerme fuerte. Aún más, mis raíces no estaban firmemente cosidas a la tierra pues bebían mucho más de mis miedos que de mi propia Identidad.

Y algo nuevo empezó a crecer. La suerte, mis permanentes ganas de aprender, mi instinto de supervivencia y un intenso trabajo interior con la ayuda de mucha gente maravillosa, han sido los principales nutrientes de este árbol renacido que brota con fuerza.

En esta etapa de mi vida, lo que tiene sentido para mí es unir mi experiencia como ser humano y directivo de empresa a todo lo que he aprendido en el mundo del coaching, para ponerlo al servicio de personas que están ahora en el mundo corporativo. Cuando conecto con mis clientes siento algo único, algo que me llena y me alimenta profundamente. Vivir y crear desde mi Identidad me conecta con la Vida en mayúsculas. No es fácil porque me enfrenta a mis miedos y me lleva a la incomodidad. Y cuando lo hago, siento que las piezas del puzle de mi vida encajan perfectamente.

Al Javier directivo le hubiese encantado tener las herramientas de que dispongo hoy como coach. Por mí, y, especialmente, por todas aquellas personas con las que interaccioné. Pero me habría perdido toda una experiencia increíble de aprendizajes de todos los colores. Cada momento vivido, cada emoción, cada hecho, cada sonrisa, cada lágrima, cada éxito, cada relación, cada lorazepam o cada tranxilium, todo ello ha sido un regalo para mí y tiene sentido ahora.

Por eso estoy escribiendo en este momento, mucho más como coach que como ingeniero, aunque, por encima de todo, como quien soy.

Javier Llansó, un ingeniero de caminos, canales y puertos, en el mundo del coaching.

¿Qué hace un ingeniero de caminos, canales y puertos, en el mundo del coaching? (III)

Autoconsciencia.

Soy el cuarto de 7 hermanos, 2 chicas y después 5 chicos seguidos. Recibí, como muchos en aquella época, una educación marcadamente religiosa y estricta. Crecí y me formé en un mundo de hombres: en casa, en el colegio, en la universidad y en la empresa. De niño pensaba que era adoptado; cuando lo comento con mis hermanos se ríen de mí, porque siempre me han dicho que era el preferido de mis padres. Quizá porque estuve a un paso de la muerte cuando nací, o también porque después fui el único que siguió la saga familiar de los ingenieros de caminos. Pero el carácter de cada uno se forma en función de cómo lo vives tú y no de lo que piensa el resto. 

Aprendí que mi valor estaba en mis logros. De este modo obtenía reconocimiento y me hacía visible a los demás. Hice un máster en agradar a la gente, en mostrar empatía hacia los que me rodeaban y en cumplir sus expectativas sobre mí. Así me gradué en ser amado y ser parte de la tribu. 

Fui construyendo mi valía poco a poco, con todo aquello que iba consiguiendo, y al mismo tiempo empecé a desarrollar toda una suerte de capas y corazas para esconder mi vulnerabilidad, mis miedos y mis emociones. Estar bien parapetado y protegido tiene sus ventajas: aprendí a ser muy autónomo e independiente, a tomar mis propias decisiones de una manera fácil y sin pensar mucho en las consecuencias, porque nunca me involucraba emocionalmente. Como además siempre anteponía la felicidad de los demás a la mía propia, siempre era bien recibido y aceptado en todos los círculos en los que participaba. Si todo ello se cubre con una última capa de timidez natural, bajo la que se oculta un bien formado ego, el resultado es (realmente) seductor y el éxito está garantizado.

Pero esto también tiene su parte oscura, su sombra, el precio que tienes que pagar. Renuncié a una parte muy importante de mí, a ser yo como ser humano completo, en definitiva. Renuncié a ser auténtico, a mis sueños, a vivir mi vida y no la que los demás esperaban de mí. Y esto me produjo un desgaste infinito, porque no era natural, era forzado.

Ganar autoconsciencia ha sido para mí sinónimo de recuperar mi libertad. Poner foco y luz a las partes que no me gustaban de mí o a aquello que simplemente me negaba a mirar, me ha permitido abrir nuevos caminos inexplorados que voy recorriendo poco a poco con mi nueva mochila llena de aceptación y curiosidad. ¡Qué diferencia de peso entre ellas y la carga de la exigencia por el miedo a fallar o a ser rechazado! 

Ahora ya sé por qué fui de los que “sabían nadar” desde el primer momento. Fui entrenado para ello sin ser yo consciente. Y ¡qué bueno es poder aceptar todos esos regalos, empezar a descubrir otros muchos y hacerlo desde esta nueva perspectiva! Por ejemplo, ahora puedo percibir mi timidez como una fortaleza, como puerta de acceso a mis emociones y así conectar de una manera auténtica con la gente, y no como una debilidad bajo la que esconder algo. ¡Qué diferencia!

A partir de esta recién estrenada libertad para mostrarme tal y como soy, me asaltan varias preguntas. ¿Cómo de habitual es esta experiencia que yo he vivido (o experiencias similares en otros) en la carrera de un directivo o directiva de cualquier organización? ¿Es posible ser directivo, líder, auténtico y libre al mismo tiempo? ¿Cómo encaja todo ello con los intereses de la propia organización? Lo que sí tengo claro es que tiene que haber una manera de vivir la alta dirección diferente a cómo la viví yo. Seguro. 

La autoconsciencia no es plena si uno no descubre lo que de verdad es importante para él. El tesoro que todos llevamos dentro, aquello que le da sentido a nuestra Vida.

Identidad.

¿Qué hace un ingeniero de caminos, canales y puertos en el mundo del coaching? (II)

Sufrimiento.

Me nombraron delegado a los 34 años, tras una meteórica carrera pasando por los puestos de jefe de obra y jefe de grupo de obras. En esa época, yo era un chaval en comparación con los otros delegados de las principales empresas de la competencia que, con alguna excepción, rondaban los 50.

Una característica de la empresa en la que trabajaba era apostar por la gente joven. Circulaba un dicho que se recitaba con cierto orgullo: aquí te lanzamos a la piscina, y, si sabes nadar, genial, y si no, tiramos a otro. Digo “orgullo” porque los que lo transmitíamos éramos los que no nos habíamos ahogado y, por tanto, los encargados de escoger a los siguientes.

Y sí. Yo supe nadar desde el primer momento. Creo que siempre he tenido una especie de capacidad natural para afrontar y superar los retos que se me ponen por delante. Al principio fue una ventaja. A medida que iba pasando el tiempo se fue transformando lentamente en un peso. Porque después de un reto viene otro. No había acabado el primero y ya vislumbraba el siguiente. O bien alguien me lo había puesto ahí delante o, si no, yo mismo lo creaba. Me acostumbré a vivir así: los retos eran mi droga. Siempre en movimiento, siempre nadando. No podía ni quería pensar en parar, en descansar, en reflexionar sin más, en saber que estaba pasando con mi vida y hacia dónde me dirigía. Parar era ahogarse.

Tuve éxito. Todo el mundo me miraba con admiración y también con cierta envidia. Mis compañeros, mis amigos, mi familia… yo llevaba la vida que ellos hubieran deseado para sí mismos. Me abrían la puerta del coche cuando me venían a buscar, me conocían en los mejores restaurantes y me movía como pez en el agua en los llamados círculos del poder. Me sentía importante, diferente, me atrevo a decir que incluso mejor que los demás. Sólo tenía que seguir nadando, costase lo que costase.

Y me sentía solo, muy solo.

Cada día tenía que demostrarme a mí mismo y a los demás que era merecedor del siguiente reto. No me permitía fallar y, si lo hacía, lo escondía o lo disfrazaba para que no se notase. Tampoco estaba en mi catálogo de acciones preferidas el reconocer que no sabía alguna cosa. Y, por supuesto, mostrar las emociones era más que tabú: era un síntoma de debilidad. Mucho de todo ello lo llevo yo de serie. Y es cierto que el entorno tampoco ayudaba: “aquí se viene llorado”, decían. Recuerdo también que, en las convenciones anuales del grupo, en el turno de preguntas, al que levantaba la mano poco más o poco menos se la cortaban. Quizá por eso fui tan buen soldado, porque encajaba perfectamente con lo que yo ya era.

Vivir así era agotador. Siempre pendiente de la imagen que proyectaba, siempre pendiente de no mostrar mi vulnerabilidad, acabé confundiendo la persona con el rol. Y me aislé, sufriendo día a día en soledad. ¿Cómo iba yo a quitarme el traje y mostrar mi desnudez? ¿Quién me iba a entender si yo lo tenía todo?

Y sin embargo, en este viaje personal, algo aparecía con brillo en el horizonte, como un faro indicando el camino hacia la libertad.

Autoconsciencia.

¿Qué hace un ingeniero de caminos, canales y puertos, en el mundo del coaching? (I)

24.

24 años trabajando para una empresa como Ferrovial son muchos años. Empecé en el año 1990 y salí en 2013. Es cierto que viví tres fases muy diferentes en este período de tiempo, de hecho, en cada una de esas fases en mi nómina aparecía un NIF diferente. Primero fue Agroman, el buque insignia de la Corporación Industrial Banesto (¡qué tiempos aquellos!), después vino Ferrovial que compró Agroman cuando ésta ya estaba agonizando y finalmente Cespa, la empresa de servicios medioambientales que Ferrovial compró a Suez y Aguas de Barcelona en la que pasé los últimos 8 años como CEO. No viene al caso, pero, qué diferente es estar en una empresa y que te compren o entrar en una empresa como representante del comprador. ¡Y que suerte la mía el haber vivido estas dos perspectivas tan opuestas y a la vez complementarias!

En el año 1 de esos 24 yo era el jefe de obra del encauzamiento de una riera de las cercanías de Barcelona, tenía a mi cargo a unas 20 personas y de lo que más me acuerdo es de las parrilladas de sardinas que hacíamos un viernes de cada mes sobre un mallazo del 8.

En el año 24 era el CEO de una empresa de casi 20.000 empleados y que facturaba 1.000 millones de € al año. Y aquí mis recuerdos se van a los Comités, el de Cespa en el que yo era el Chairman, el de Ferrovial en el que yo era uno más, los Comités de Inversión con el Consejo de Administración, la Universidad Corporativa, etc. De alguna manera está muy presente en mi memoria todo lo bueno y lo no tan bueno de las relaciones humanas. Y aquí, palabras como crear, destruir, contribuir, miedo, confianza, recelo, honestidad, poder, equipo, adquieren un especial significado.

Mi viaje del 1 al 24 tiene que ver con mi propio desarrollo como persona, de pasar de lo simple a lo complejo, con mi propia evolución y también con la del mundo, pasar de los primeros programas de contabilidad de ordenador al entorno VUCA actual.

Es muy difícil resumir esos 24 años en unas pocas palabras, quizá aprendizaje y evolución permanente, disfrutar y crear es lo que más se abre paso en mi cuando lo pienso. Y hay algo más que me acompaña, y puede que sea la semilla de la respuesta a la pregunta inicial, ¿qué hace un ingeniero de caminos, canales y puertos en el mundo del coaching?

Este primer post de mi nuevo blog lo he iniciado con un número, 24, y lo acabo con una emoción, un sentimiento. No es casual, forma parte también de mi viaje, de lo racional y estructurado a lo emocional y creativo.

La palabra es sufrimiento.