Escuchar vs. debatir

La Segunda Oportunidad (V): escuchar vs. debatir

Debatir (del latín debattuere, “batir, sacudir”) es, “dicho de dos o más personas, discutir un tema con opiniones diferentes”. Ésta es una de las dos definiciones de la Real Academia Española. La otra es “luchar o combatir”. Es curioso lo cerca y al mismo tiempo lo lejos que están estas dos acepciones de la misma palabra. Lejos si nos centramos exclusivamente en el significado literal de las palabras que configuran las respectivas definiciones. Cerca, si pensamos en qué entendemos por “debatir” hoy en día.

Parece que, actualmente, “debatir” sea intentar imponer tus ideas sobre las del otro, utilizando las palabras. Es un duelo a muerte en el que el objetivo no es solo vencer con argumentos, sino someter al otro. Las palabras sustituyen a las armas. El debate político y las tertulias nos han acostumbrado a un contexto agresivo y de cierta violencia (en la comunicación no verbal, en el tono de voz). Es buscar la victoria definitiva del Yo sobre el Tú.

Escuchar, en cambio, es la capacidad de empatizar con el otro, aunque piense y sienta radicalmente diferente a nosotros. Es olvidar nuestras creencias, nuestras vivencias y nuestras ideas preconcebidas para entender de verdad a la persona que tenemos delante. Es preguntar con curiosidad de niño y sin ningún tipo de juicio. Escuchar es, sobre todo, un acto de generosidad. El Yo se queda al margen para integrarse en el Tú.

El debate se estudia, se fomenta, se practica y hasta se premia (sirva como ejemplo la proliferación de tertulianos en la radio y la televisión). La escucha ni se estudia, ni se fomenta, ni se practica ni se premia.

El debate tal y como lo practicamos hoy es antagónico a la escucha. El debate sólo refuerza más y más nuestras ideas y argumentos. Nos separa cada vez más del otro. Cribamos las opiniones  por el tamiz de nuestra propia perspectiva. Si son coincidentes, buscaré argumentos que ensalcen y acentúen la validez del mismo punto de vista, al mismo tiempo que denigraré cualquier otra perspectiva diferente. Si son opiniones divergentes, buscaré argumentos que contradigan y pongan en cuestión la validez del punto de vista del otro y que refuercen el mío.

En ambos casos la conclusión es la misma: centrarme únicamente en mí, mi único interés es ser mejor que el otro. No le estoy escuchando. En consecuencia, no estoy aprendiendo nada ni estoy empatizando con él.

Salir de uno mismo

Escuchar es entender al que piensa diferente a mí, es sentir lo que él siente, es emocionarse por lo que él se emociona y es sufrir por lo que él sufre. Es hacer preguntas abiertas que no lleven la respuesta implícita y hacerlas sin ningún tipo de juicio y con infinita curiosidad. Es la pasión por descubrir mundos nuevos diferentes al nuestro. Escuchar no significa opinar lo mismo que el otro, ni cambiar la tuya propia, simplemente es entender bien el contexto y las motivaciones que llevan a alguien pensar de una manera, para después, tomar las decisiones más adecuadas.

Cuando dos personas pensamos muy diferente en algo que deviene crucial en nuestras vidas, tenemos dos caminos para gestionar la situación que se nos presenta. La primera, debatir para intentar vencer al otro. La segunda, escuchar para intentar llegar a una solución que sea asumible por ambos. En una sociedad cada vez más enfrentada según los polos de opinión, aprender a saber escuchar en las escuelas y en la universidad es imprescindible.

La Segunda Oportunidad se sustenta en la escucha, porque debatir nos separa, mientras que escuchar nos une.

Acelerador de partículas

La Segunda Oportunidad (IV): el acelerador de partículas

Vivo cerca del sincrotón Alba, un acelerador de partículas en forma circular. Su  construcción costó unos 200 M€. Es una infraestructura en forma de hélice metálica de 90 m de diámetro en la que las partículas se mantienen en una órbita cerrada. No soy ningún entendido en la materia, aunque siempre me ha generado mucha curiosidad.

El principio básico de funcionamiento es acelerar las partículas cargadas (electrones en su caso) utilizando campos electromagnéticos y hacer que choquen unas con otras, formándose así nuevas partículas, y estudiando tanto las originales como las nuevas. Tiene múltiples aplicaciones en la investigación científica (medicina, nuevos materiales, redes de distribución, biología, etc.).

Tengo la impresión de que la covid-19 está actuando como un campo electromagnético en un acelerador de partículas. Las ideas, conceptos, estrategias, costumbres, tecnología, formas de relacionarnos que existían antes de la aparición del virus son las partículas antiguas que colisionan y se transforman en nuevas de un modo y a una velocidad que no esperábamos. El equilibrio se ha roto y de pronto todo se ha acelerado.

Muchas de las cosas de lo que llamamos “nueva normalidad” ya estaban apuntadas desde hace tiempo, pero en un desarrollo “controlado”: el consumo desenfrenado y la escasez de recursos, el impacto sobre el planeta de nuestra manera de vivir, la burbuja de falsa seguridad del mundo desarrollado, el debate sobre las libertades individuales, el cuidado de los mayores, el valor de las relaciones personales, el tratamiento de la muerte misma, el teletrabajo, la importancia de la sanidad, de las escuelas y las universidades, el debate sobre modelos educativos… Ya teníamos información disponible para prever que habría cambios. Lo que no podíamos prever es la velocidad a la que se están produciendo esos cambios.

La nueva normalidad es nuestra desnudez

Intuíamos los contornos y las figuras de las cosas pero no sus detalles, como si nuestra vida hubiera estado envuelta en una neblina. De pronto, un fuerte viento la ha barrido y todo aparece ante nosotros en su completa y desnuda realidad.

Como en “El traje nuevo del emperador”, nos hemos percatado de que vamos desnudos. En el famoso cuento de Hans Christian Andersen, el emperador se percata de su desnudez, pero demasiado avergonzado para reconocerlo, sigue desfilando impasible ante las risas de sus súbditos. Bloqueado, es incapaz de tomar una decisión y actuar.

Hoy, más que nunca, necesitamos tomar decisiones. Para ello debemos conectar con nuestros valores fundamentales y  también coger perspectiva y distancia, para no dejarnos arrastrar por esa corriente magnética generada ni por el impacto de vernos, de pronto, desnudos. Vivimos una época apasionante desde el punto de vista del liderazgo individual y colectivo.

En un mundo en el que las empresas tienen muchísima influencia, el papel de los directivos es fundamental para interpretar de manera adecuada las nuevas partículas que se están generando y, de este modo, tomar las decisiones en la dirección correcta. Sin prisa pero sin pausa.

Estar al frente de una compañía y mantenerla viva, hoy en día, es ya una heroicidad. Pero hacerlo además desde el liderazgo al servicio de las personas es lo que verdaderamente lo cambia todo. La Segunda Oportunidad está, en una buena parte, en vuestras manos.